Un blog de Cuba

Artículos y apuntes de historia, antropología y literatura

Al César Lo Que Es Del César.

Al César lo que es del César.

Sería inadmisible hablar de las riquezas naturales de una isla sin mencionar los logros literarios de una ciudad que con el tiempo se habría convertido no tan solo en la panoramica envidia de una recién institucionalizada comarca, sino en el paradero cultural más codiciado de los artistas de ese entonces.

Hablar de Matanzas y de su inesperado avance en las artes, que pasó como un suceso de escasas prediciones, porque si bien, según los hechos de pasadas centurias, que han apuntado a los grupos elitistas, de quienes se dice, querían mantener una posición renacentista, a la cual sin proponérselo, habrían pertenecido alguna vez, más sorprendente fue el repentino declive que la historia le estaba deparando.

Quizás fue la jocosa descripción por la cual muchos de sus desalentados admiradores se referían a la réplica griega, en renunciar llamarla la Atenas, o quizás fue el descontento palpable de una populación que, sin pensar en ello, como resulta ser muchas veces, desconocía las consecuencias que el más mínimo cambio político pudiése traer consigo, con ramificaciones sociales, que afectarían para siempre el picturesco nombre ateniense por la que había sido reconocida una vez, a un inferior lugar descolorido, falleciente, y dormido.

En 1954 Carilda Oliver Labra toca una vez más lo que todos sabían:

Te quiero porque eres triste,

triste como la tristeza;

te quiero por tu pobreza

de canario sin alpiste.

Te quiero porque trajiste

el verde justo en la sien;

pero te quiero también

por tu pan que tiene sueño,

por tu porvenir pequeño

de fósforo y henequén.

Pero esto ocurrió mucho tiempo después, porque en la época gloriosa de Matanzas, el movimiento artístico que predominaba en la ciudad, no era el simplificado y moldeado producto egotista y exclusivo de una improvisación creada para el regocijo absoluto de la rama burguesa, de la cual se ha verificado, que a pesar que deseaban reflejar el estatus correspondiente de su jerarquía, habían contribuído tremendamente al desarrollo de las artes en ese corto período de tiempo. Sin embargo, una gran parte de ese grupo creativo, que instinctivamente, por naturaleza insumisa e inconformista aportarían más de un grano cultural al súbito advenimiento de una ciudad florentina, contribuirían en un segundo plano a ensayar de igual manera los fomentos de una guerra, que a través de los años, propisiarían, quizás sin proponérselo, las necesarias primicias en delegar a Matanzas al total olvido.

La insurgencia, ante las desavenencias sostenidas en contra del gobierno existente, gradualmente anhelaba el instante preciso para la declaración de una contienda que primero tuvo bases anexionistas. La misma operaba muchas veces en clandestinas pautas, trazando el cimiento necesario para el venidero respaldo de los que la llevarían a la práctica, mientras tomarían a la vez cautelosos pasos que suprimiésen y erradicaran de una vez y por todas las precarias diferencias, allende de superficiales acuerdos que pudiésen originarse.

En la década del 1845, la ciudad contaba con un ya establecido grupo anexionista encabezado por un Narciso Lopez que logra desembarcar triunfalmente en las fronteras costeñas de Cárdenas; para más luego fracasar en la acción que el movimiento planeaba.

Pero años antes, las esporádicas protestas y sublevaciones que se acelerarían en los años ´40, mantenían a muchos comerciantes, terratenientes, y oficiales gubernamentales, alertas al proceso con síntomas desestabilizadores que esto traería consigo, y el impacto que las mismas pudiésen tener en la producción agrícola azucarera. En este último punto, y en palabras del historiador Raúl R. Ruiz “tal era el miedo blanco que casi un centenar de poderosos propietarios solicita a O’Donnell la supresión de la trata negra”.

La creciente desaceleración económica que se experimentaba no era equívoca, ya que durante, antes, y después, la marcada reconcentración causada por la Guerra de los Diez Años que trajo consigo batallas sucesivas que culminaron con la independentista, el aflictivo precio que se pagaría a largo y corto plazo por estas mismas, por consiguiente elevando la cifra de occisos que se acumularían debido a ellas, y el frágil e inocuo sistema productivo existente que de manera injusta e impulsado por los esclavos mostraba evidentes rasgos de separatismo nacional, daría lugar a causas suficientes que profetizarían la desaparición del Siglo de Oro de nuestra Matanzas.

La decadencia del acentuado acrecentamiento poético-lírico-musical que se manifestaría en la apertura del emporio arquitectónico como lo fue el Liceo Artístico y Literario en 1860 con la obra magna El Conde Alarcos de José Jacinto Milanés, la cual había sido estrenada años antes en el Teatro Tacón, y por cuyo evento la ciudad comenzaría a compartir el mismo apodo de la antaña región helinista de Grecia, no disminuye el meritorio valor que alcanzó, porque no fue comprado sino ganado por sus hijos: naturales y adoptivos que conformaban su territorio.

Matanzas era, incluso antes de este suceso, el centro cultural más importante por más de la mitad del siglo XIX y su merecido galardón como la Atenas de Cuba no se pudiera empañar por causas indirectas que un metamórfico apogeo político-social deslumbrararía más tarde el esplendor artístico que una vez la hiciése brillar en la cima.